Escupiendo la sopa

Friday, April 06, 2007

El amor no cree en vos


…ella hablándote a diez centímetros de distancia. Esos ojos verdes. No recordás lo que dice, sí se repite la intensidad de esos ojos verdes. Ella dándote el vaso para que se lo tengas mientras trata de encender un cigarrillo. Vos ahora caminando. Una vuelta hasta el parque. Aparece ella tomada de tu mano, hasta afuera del boliche. Ella diciéndote que te quiere pero está con otra persona. Vos besándole la mejilla para abrazarla. Seguís caminando, se te está acercando un tipo alto con lentes y gorra. Parece que va a hablarte. Te pregunta “¿Dónde es la calle Franklin?”. Le explicás que debe seguir dos cuadras más y doblar a la izquierda, para hacer otras tres cuadras. Decís que Franklin es una antes de la avenida. El flaco te agradece y sigue su camino. Ponés la mirada en tu pie que aparece y se va, para darle lugar al otro. Baldosas grises y alargadas. Todavía faltan dos cuadras para el parque y vuelve ella con la frente dormida en tu pecho. Los dos tirados en la vereda. Vos la mirás, estás encantado. La abrazás y le frotás los brazos para que no tenga frío. Ella duerme borracha. No terminás de creer el amor. Ya no sabés diferenciar el amor. No lo sabés sentir, no lo dejás hacerte. Y regresa ella, bailando, diciéndote amigo, agradeciendo un favor. Ahora no está ella, ahora entrás al parque, caminás entre la gente. Mirás a los chicos corriendo y pateando una pelota. No vivís, sólo pensás. Ni siquiera vos sos el que piensa. Y no estás en el parque, por más que camines, no estás ahí. Tampoco estás con ella, ella está lejos. Solo estás. Y vuelve ella, riendo, esos ojos verdes. Y vos empezás a creer el amor. Empezás a dejar hacerte. Ella es muy distinta a vos o el distinto sos vos sin duda. Y te choca un niño corriendo, le sonreís, él ni te mira. Ya casi se termina el parque, debés elegir alguno de los dos caminos de piedra naranja. Derecha o izquierda. Derecha, de vuelta a casa. Contemplás un segundo, estás en el parque un segundo. El sol anaranjado y oblicuo sobre las copas de los árboles. El viento. Y vuelve ella, dormida en tu pecho, suspirando y vos mirándola, sin poder hacer nada, estando ahí con ella y sin poder hacer nada. Sólo mirarla y no estar, como tampoco estás en el parque. Tenerla durmiendo sobre tu pecho y sólo poder imaginar. Y vos otra vez, tendido en la vereda, mirando el cielo. Con el brazo aplastado bajo la cabeza de ella. Te duele, pero no te importa. Y se termina el parque, cruzás la calle. Agarrás la avenida. Y un grupo de cuatro nenas pasan a tu lado. Son nenas que se creen grandes y juegan a eso. Y regresa esa sensación horrible. Esa pesadez. La misma. Y otra vez ella, otra vez tendida en el piso, con la cabeza apoyada en tu pecho. O un rato antes vos diciéndole que no te cansás de mirarla y ella yéndose y vos tras ella. O ella con esos ojos, esperando un beso y vos sin hacer nada porque no terminás de creer. Y dejás de mirarte las zapatillas para cruzar y de la esquina aparece el flaco alto de lentes y gorra. Te mira y se ríe. Vos también. Seguramente debe ir a Franklin, pero otra altura. Porque Franklin se corta y vuelve a aparecer después del parque. Y vos sólo saliste de adentro en los dos momentos en los que apareció el tipo de los lentes y la gorra. Y ahora ella mañana, indiferente. Sin siquiera saludarte, o haciendo como si nada hubiese pasado. Y vos que no vas a hablar, porque no querés creer el amor. Porque no querés dejarte hacer. ¿O será que el amor no cree en vos?...





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