Escupiendo la sopa

Monday, November 09, 2009

Intento de escritura.
¿El problema?
El bullicio tenaz, incontrolable.
La palabra pierde su contraste, su intervalo,
su médula.
El monólogo se detiene, no.
La criatura habla y habla, adentro,
en el subsuelo de la piel.
Entre los órganos,
en los requisios del apetito,
en el mismo sexo impostado.

¿Sé siquiera?
El intento de escindir las voces
del coro pueril,
de las voces que conducen al grito desgarrado.
Miedo al horror.
Ni pie ni tocar fondo.
Dónde se pierde el anhelo.
¿Es una imagen? ¿Un espectro?
¿Un facsímil?

Las moradas, es lo que corresponde,
destruirlas
antes de reemprender el viaje.
El desierto es interno; la paz,

esa idea.

El monólogo continúa, diverge;
sistema nervioso de la imaginación.
El sueño se acelera.
El punto se hace trazo.
Entumecida la mano.
Invierno ruidoso, metálico.

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Thursday, November 05, 2009



Saturday, August 15, 2009

Mientras oigo como un hombre grita y faja a una mujer en el piso de arriba, tomo el libro de tapa amarilla que se sirve sobre el escritorio y hago el intento de leer. Se oyen portazos, corridas, objetos que caen y retumban en mi techo. Gritos de la mujer, no me pegues más grita, y el tipo le dice que se calle, que la corte, y ella sigue hablando en voz alta, pega con la lengua, loco de mierda, hijo de puta, cagón, el tipo golpea las puertas. Aparece otra voz, también de una mujer, pero más joven. Terminala dice, pero no lo nombra, nadie lo nombra, el tipo vuelve a arremeter, una nueva corrida, otro grito, llantos, el tipo grita más fuerte, vidrios de rompen, una ventana, se cae una silla. Continúan las discusiones, yo ya me olvido del libro, de que tengo que leer, qué te crees loco de mierda, dice le mujer, dale matame dice el tipo, puta, vayansé para allá, te odio hija de puta, las odio, golpes, cosas que se caen, corridas. Tas loca. Las palabras cada vez menos moduladas, fundidas en un grito común, brutalidad primitiva, monólogo, silencio. El estómago vació resuena, tengo hambre, pienso. Agarro el libro, lo abro, leo: “estiró el instante más y luego un poco más esperando que sus primos respondieran…” Cierro el libro, lo apoyo sobre el escritorio. Oigo la palabra mamá, tas loca mamá. Basta mamá, forro, basta mamá, basta.

Saturday, January 17, 2009

Sueño 2:


Sólo recuerdo que mientras camino por la vereda se me acerca una mujer a la cual debo conocer de algún taller o grupo de estudio. Una mina más grande que yo, de unos cincuenta o cuarenta años. Ella anda en bicicleta, y a la vez me cuenta una tesis que va a presentar, no puedo acordarme dónde, sobre la estructura atómica, o la configuración de protones, o algo así. El ejemplo que me da es la rueda de su bicicleta, y enseguida solicita que filme la rueda en movimiento con mi camarita digital. Al mismo tiempo que observo la rueda girar en la pantalla de la cámara, ella profundiza explicando que la rotación no es realmente como la observamos sino que lo que nosotros percibimos es una impresión visual que puede cambiar según diversas perspectivas dimensionales.
La escucho atento, aunque no termino de discernir hacia dónde se dirige su perorata. Me da la sensación de que juega, con la rueda, con el pensamiento, conmigo. No puedo retener su rostro, pero sí su fragmentaria belleza, la dulzura de su voz de tipo maternal, y su inquieta e inspiradora indagación: imágenes de un discurso destrozado en su sintaxis, figuras de un juego que se desarma a cada paso, ningún fundamento, variaciones sobre la piel, como un viento tenaz ondulando la superficie del agua.

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Sunday, November 23, 2008

El otro verano
(fragmento)


Nos despertamos cada uno en un borde de la cama. Por lo menos a mí se me partía la cabeza; esos clavos que la resaca remacha en las sienes y los martilla acorde al pulso sanguíneo. Memé me miraba fijo, como si el sueño que había iluminado su cerebro siguiese continuado en aquel cuarto de penumbras.
Me di la vuelta e intenté seguir durmiendo, no tenía ganas de oír su pesadilla del día. Que ella soñase hasta en las siestas, mientras yo no podía recordar jamás absolutamente nada, producía en mí una envidia malsana. Mis descansos eran negros y espesos como la brea. Memé sin embargo traía sin falta alguna imagen onírica a nuestros desayunos tardíos. O un bosque incendiándose y brasitas prendidas rodando por el suelo y subiéndosele por las piernas; o un bombardeo de aviones en plena avenida Rivadavia; o un pasadizo larguísimo bañado por las luces cuadradas de un coche a lo lejos, y la risa de su padre retumbando cavernosa hasta sus oídos, y la trompa roja del Duna de su padre, y el rostro de su padre ensangrentado riéndose a más no poder.
Aunque muchas veces algunos sonaban a inventos improvisados, era en los huecos donde se desprendía de ellos y ponían en marcha su literatura.
Oí cómo se levantó y se fue de la pieza. Remoloneé un poco más, un intento de invocación del sueño extraviado, la perseverancia de soñar cualquier cosa, alguna nimiedad, por lo menos la reproducción en otros colores de una escena vivida.
El chirrido de la puerta me desperezó: era Memé con el desayuno. De dónde sacaba ese cariño que nunca había recibido, esos mimos de madre huérfana, por qué seguía tratándome como si nada hubiera pasado, como si el tiempo estuviese detenido perpetuamente en ese encuentro.
Para ella la vejez se iba apoderando silenciosa de todo, menos de lo que llamábamos “nosotros”. Y ese nosotros hablaba de los dos, pero no nos incluía por separado: divididos éramos demasiado pequeños y lastimosos como para hacernos notar.
Me lo dijo repetidas veces, hasta en términos filosóficos: nuestro vínculo es la única trascendencia en la que creo. Pero yo no, nunca creí en nada, o no sé darme cuenta cuando creo y cuando no. Seguramente creer no pase por mi voluntad, sino por la violencia con la que las cosas y la gente se me presentan. Tampoco puedo negar que la amé. Con esa ternura tenue y desgraciada que el paso de la vida había grabado en los gestos de mi cara, en las caricias de mis manos ¿Qué es el amor si no la sonrisa de un niño a punto de morir?
La bandeja sobre la cama contoneaba como una balsa en un mar calmo. Ella untaba las galletas y las dejaba sobre el plato. Yo soplaba el te y observaba la concentración que ponía en cada movimiento. Cuando el silencio se convertía en compañia, alguno de los dos decía algo para hacer reír al otro. Y es que a la mañana sobre todo, o cuando despertábamos, brotaban frases sin paradero. Ya no había expresiones mías ni de ella, pero todas perduraban, en ella y en mí a la vez, hincaban un trozo simétrico de cada cuerpo y funcionaban de marco, como un débil troquelado en medio del infinito que amenazaba diluirnos con sus trombas imprevistas.

Salir del resguardo significaba el barro, el alud del pasado tapándonos por separado, mientras que nuestras siluetas estampadas y estáticas dentro del cuadro, nos suspendían en el no-tiempo, en un presente continuo, sin futuro al que llegar, ni pasado al cual reclamarle faltas. Pero eso era así sólo al principio, y ella se hacía la distraía y continuaba untando mermelada en las galletas con tal de eludir ese cambio perentorio; y ese desfase, esa irrupción en la continuidad que nos aunaba, se hizo grieta, y la grieta no sólo nos fragilizó, sino que fue petrificando apresuradamente toda la flexibilidad que habíamos dominado.
Cuanto más rígidos, la grieta fue más evidente, y las frases hechas que antes hacían de eje, ahora nos resbalaban y desaparecían amontonadas por un surco invisible.
Para oírnos hacía falta hablar a los gritos, calculando eludir expresiones sin paradero. La cama era el puente precario que nos mantenía comunicados, hasta que el agua lo tragara, o la extrema tensión de las sogas, tirando cada una de su lado, lo sepultaran bajo la corriente. Sus ojos decían lo mismo que los míos, pero ya no éramos nosotros, sino un ruego compartido de no volver a la soledad.

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Tuesday, October 21, 2008

destello




Hacía una semana que la bronquitis me tenía amarrado a la condena de las paredes de mi casa, y ese viernes, harto del encierro, salí a la calle a dar una vuelta y de paso fumar uno.
La noche estaba completamente despejada, la luna redonda y opaca, las calles del barrio desiertas, como realizando una suma silenciosa de las noches que me vieron pasar. La tos no me dejó terminar el faso, y luego de algunas secas, un malestar sutil comenzó a punzarme el pecho,
Un patrullero dobló a la esquina y no dudé apagar el humo. Empecé a caminar sin rumbo fijo, sin determinación. Respiraba profundo para airear el espíritu pulgoso.
Crucé una fábrica de churros y bolas de fraile, pero no tenía hambre. Los camiones estacionados sobre la vereda, las máquinas industriales (anacrónicas) giraban para inventar alimento azucarado y esponjoso. Los obreros con sus delantales blancos, impecables, sacando con palas que parecían de construcción, montañas de azúcar de algo similar a un tanque australiano. Uno de los conductores de los camiones estacionados en la puerta fumaba y se rascaba la barbilla.
Era un movimiento fantasmal en el nexo de la noche. Los ruidos industriales le fueron quedando viejos al oído, y a la siguiente cuadra percibí sonido de instrumentos. Lo primero fue el retumbar de tambores y platillos, una batería soberbia, con los contratiempos singulares del jazz. De a poco, como colores en un paño borroso, fue apareciendo el resto: un saxo tenor, una trompeta, un Rodhes. Eran auténticos músicos.
Me senté en la casa contigua, el barullo era tal que se los escuchaba como si los tuviese enfrente. Al término de cada pieza, que duraban entre diez a veinte minutos, la concurrencia los aplaudía fervorosa.
Las escalas que esgrimían eran extrañas, disonantes en algunos momentos, esos abismales caminos que utilizan los músicos de jazz. A ellos les excita caminar por la cornisa, engañar a la misma afinación. Esa delgada raya bailoteaba compás tras compás, y yo tenía un regocijo que la carne se me estremecía.
Mis pies autónomos, hipnotizados como serpientes, uno tras otro pisaban con sus talones la vereda al ritmo de los temas. Variaban de tensión, de intención. De pronto se apaciguaban, se hacían dulces y fingían ser dóciles, se iban acrecentando al caudillaje del solo de alguno. Esta vez era la guitarra, y la batería como capitana mandaba que se libre fuego, y estallaba la música nuevamente, como la caída de una cascada, del agua golpeando sobre el agua y la piedra.
Alguien abrió la puerta y me levanté por vergüenza; emprendí caminata sin voltearme. Llegué a la esquina, y regresé al escalón de la casa vecina al concierto.
Fueron dos temas más, un poco más largos también, no por eso menos geniales. Hubo un largo silencio, y la cháchara irrumpió. Al parecer el recital había culminado, la mente me destellaba y enfilé para mi casa con la tristeza de un niño con hambre.

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Sunday, October 05, 2008

Una Hoja Arrugada



Un nido de expresiones toscas se empecinó en rodear todo lo que intentaba explicarte. Siempre las mismas palabras, luz, viento, llanto, alegría, nostalgia, amanecer, silencio, aullido, espasmo, miel, hambre, calor, ausencia, sábanas, frío, reliquias y oscuridad.


Un nido de expresiones toscas se antepone. Somos individuales. Realmente somos individuales. Entonces qué es lo que te detiene, lo que nos toca cuando te toco. Qué son esos trozos apagados. Esa porción de vida ensombrecida por la distancia. De qué se tratan esas guirnaldas extendidas. De qué nos guardan ellas como enredaderas. Y por qué el sonido airoso desvanece a penas se sabe oído. Por qué es tan dificultoso su arte, su memoria. Por qué se funde entre las infinitas canciones huérfanas de sentido, entre los gritos bobalicones de los borregos. Por qué el mar no abraza y percude esta ciudad tan a medias. La llovizna es constante e histérica. Es un llanto animal y desolado, perdido en la manada.
Contemplo un sumario al que he subestimado demasiado. Una repetición que satura el límite de los días.
¿Somos tan individuales?
Te tengo, ya casi te tengo, pero aún así el mundo al chocar con nuestro cuerpo, despliega una ola tan inmensa, que nos traga y escupe en alguno de sus túneles.
¿Me oís?